(Cuento infantil)

La mañana está obscura, el sol no acaba de subir al cerro de ¨La Teresona¨, para que pueda alumbrar hacia el valle. El frío del invierno se deja sentir con prolongadas heladas y lo que menos piensa un hombre es en dejar el tibio lecho… Eso piensan los hombres, pero los niños no y todos esperan ese día en particular; es la mañana del Día de Reyes.

Como todos los niños, Pablito dejó un viejo zapato, medio deformado por el prolongado uso y por la ligera desviación del arco transverso del pie izquierdo. Mucho tiempo estuvo pensando en lo que le iba a pedir, hasta que al fin se convenció de que un caballo era lo más importante en el mundo.

Con sus letras torcidas de quien empieza a escribir, el infante escribió unas líneas:

“Querido Melchor, yo me porto bien y cuido a Juanito, onque sea chillón y por eso quero un caballito, pa llevarlo a pasiar. Gracias”

Esa feliz mañana, haciendo el menor ruido posible, retiró la tranca y medio abrió la puerta, esperando algún rayo de luz, pero lo único que obtuvo fue el helado viento de la mañana. Cerró la puerta y volvió a meterse a las cobijas; pensaba que no se escuchaba el ruido que hacen los caballos.

«Pero qué tonto soy, ─pensaba─, los caballos deben estar en el corral, no junto a mi zapato»

En esos pensamientos y arropado en el calor de su cobija, volvió a dormirse. De pronto se miró tomando un hermoso caballo prieto por las riendas. Era su caballo y se disponía a llevar a Juanito a dar una vuelta por el pueblo, para que todos pudieran admirar el hermoso animal que los Santos Reyes le habían dejado.

Ayudado por su padre, Pablito montó en una buena silla charra y a Juanito se lo sentó al frente, para que con una mano abrazara a su hermano y con la otra asiera la rienda con firmeza. Como no alcanzaba los ijares del animal, le espoleaba contra el vientre, pero el noble animal le obedecía, caminando tranquilo, con la hermosa cabeza bien erguida y la cola suspendida con gallardía.

Luego de avanzar por las polvorientas calles del rancho, Pablito espoleó al animal y a un trote ligero salieron del pueblo, a cabalgar en la llanura, entre los viejos magueyes y los fructíferos nopales; al paso del corcel, un coyote salió corriendo con la cola entre las patas y parvadas de palomas se elevaban al escuchar los fuertes cascos del equino.

De pronto, detrás de un alto garambullo salió un macho, muy sonriente, enseñando ostentoso los grandes dientes, haciendo gala de su altura, como desafiando al negro corcel de Pablito, quien acarició el cuello de su cabalgadura y abrazó con fuerza a Juanito. Con un ligero toque de sus talones, el niño ordenó a su caballo que se levantara en las patas traseras, mostrando al atrevido macho a tener respeto, a lo que el mulo respondió retirándose sin humillarse, del camino del caballo.

Los hermanos siguieron adelante, hacía tiempo que el niño había visto, en lo alto del cerro, unas tapias de adobe, que aunque la gente decía que era una casa abandonada, Pablito aseguraba que era un castillo encantado y ahora que poseía tan formidable cabalgadura, era el momento de comprobarlo.

Decidido ya el asunto, los hermanos empezaron a subir, guiando el caballo por el camino de herradura bien marcado por el uso. Al girar en un recodo del camino, un hombre a caballo, armado con un palo largo, se interpuso ante los niños, impidiéndoles el paso.

—¿A quién buscan, chamacos?, este es un camino particular.

—Vamos a llegar hasta el castillo, respondió valiente Pablito.

—¡Solo que yo lo permita!, ─dijo el hombre blandiendo el palo, con la intención de golpear al niño─.

Respondiendo al ataque, el caballo reparó, asustando al otro animal, que con un movimiento brusco lanzó al suelo al desprevenido guardia, ante el regocijo de Pablito, quien espoleó a su caballo para seguir adelante.

En ese momento, una llamada de su padre despertó al aventurero jinete que, volteando en todas direcciones, buscaba a su caballo.

—¿Y mi caballo, papá, onde’stá?

—Mira, Pablito, el caballo que te trajeron los Reyes Magos, ─dijo mostrando al niño un colorido caballito de madera; sobre el asiento se encontraba un par de relucientes zapatos nuevos─.

El chiquillo saltó de la cama y de inmediato se montó en su juguete, abrazando con una mano sus zapatos nuevos.

Durante todo el día cabalgó sobre su animalito de madera, realizando increíbles aventuras, dominando enemigos y conquistando castillos encantados. Ese fue un gran día en la vida de Pablito.

Sergio A. Amaya Santamaría
Enero 11 de 2012
Ciudad Juárez, Chih.
Diciembre 20 de 2020.
Playas de Rosarito, B. C.