El verano estaba llegando a su fin, era un día caluroso, pero ya no agobiante, como las semanas anteriores. Algunas nubes altas y espesas daban cierta sombra, alejando los rayos solares. El arroyo donde los niños del pueblo acostumbraban pasar largas horas retozando entre sus frescas aguas, en esos días se encontraba solo, las ranas entre los juncos croaban y el árbol, desde donde los muchachos se lanzaban clavados, era movido por las corrientes de aire, sus ramas lamían, perezosas, las aguas.
Entre los juncos, asomó la cabeza de un cachorro en busca del agua, bebió a grandes lengüetazos y sus largas orejas se humedecieron. Cuando se retiró de la orilla, sacudió su peludo cuerpo de pelambre café claro y pecho y patas blancas; tenía una buena estampa, tal vez era de raza labrador. Tres chiquillos que vagaban aburridos por la orilla, lo vieron y lo llamaron con cuidado, para no espantarlo, los tres quisieron llamar su atención, pero luego de olfatearlos, se decidió por uno, Felipe, quien emocionado lo acarició y le ofreció una galleta que traía guardada en el bolsillo del pantalón, medio enredada entre la cuerda del trompo; le limpió la tierra frotando contra la pernera del pantalón y la ofreció al cachorro, que la devoró con avidez.
Ya más seguro de sí, Felipe lo levantó en brazos y el cachorro le lamió la cara, como muestra de afecto. Había nacido una gran amistad, ante la evidente envidia de sus amigos, que solo lo acariciaban, sin esperanza. Felipe se despidió de sus amigos y corrió a su casa, confiando que a esa hora no estaría su madre, era la hora en que acostumbraba hacer las compras para la comida.
Felipe extrajo un tazón con avena y leche sobrante del desayuno y colocándolo en el piso de la cocina, lo ofreció al cachorro, quien, luego de olerlo, empezó a comerlo, mientras Felipe le acariciaba el lomo y el perrito movía la cola. Luego que el animal comió, el niño lo llevó a su recámara, desocupando una caja de cartón en que guardaba sus juguetes, haciendo un buen refugio para el perro, sin temor a que se saliera de la caja. Colocó papeles de periódico y un trozo de sábana vieja. El cachorro lo miraba con ojillos traviesos y dando dos o tres vueltas en el interior de la caja, se echó y tomó posesión de su nuevo hogar.
Cuando Felipe escuchó la llegada de su madre, bajó de inmediato a ofrecer su ayuda, lo que le extrañó a la madre; era una hora en que su hijo nunca se encontraba en casa en vacaciones.
–¿qué haces en casa, hijito?…
–Nada, mamá, solo quiero ayudarte….
–Mmmm, bien, ¿y tus amiguitos, por qué no están?.
–Mamá, ─preguntó sin responder la pregunta─ ¿te gustan los perros?
La madre, sospechando las causas, miró por la cocina, descubriendo el tazón vacío en el lavatrastos.
–¿En dónde lo tienes?…
–¿qué cosa, mamá?…
–El perro, ─respondió─ ¿en dónde está?…
El chiquillo la miró con los ojos llorosos, preguntándose por qué su madre siempre se daba cuenta de todo.
–En mi cuarto, ─respondió entre pucheros─.
–Vamos arriba, jovencito, ─ordenó la madre─.
Cuando miró al cachorro, éste le devolvió una mirada tierna, ladeando la cabeza, como pidiendo su venia para formar parte de esa familia.
–Está bonito el perro, ─dijo─ ¿Quién te lo dio?
–Lo encontramos en el río, mamá, yo creo que se perdió.
–Mira hijito, ─dijo la madre─ este parece ser un animal de raza, no callejero y estos no se dejan a su suerte; vamos a hacer una cosa, preguntaremos en los alrededores y si alguien lo perdió, se lo devolveremos; si no encontramos a su posible dueño, lo podrás conservar, pero debes saber que es un animal, no un juguete. Es un ser vivo y tiene necesidades, como comer, bañarse, recibir ciertas vacunas y vivir en un lugar limpio; tú, como su dueño, tendrás la obligación de satisfacer esas necesidades, ¿lo entiendes bien? Si fallas, el perro se va a la perrera. ¿De acuerdo?
– ¡Claro que sí, mamá!, ─dijo emocionado abrazándose a la cintura de su madre─.
Nunca encontraron al dueño y ese fue el inicio de una amistad de casi 15 años. Felipe nunca faltó a su responsabilidad de cuidar a su perro, a quien puso por nombre “Hércules”; creció fuerte, haciendo honor a su nombre y se convirtió en el protector de Felipe y en su amigo inseparable. Cuando el perro murió, por ancianidad, el joven universitario lo lloró como solo se llora a un querido amigo. Lo sepultó en el jardín trasero y, cuando creció la hierba, se sentaba a un lado de la tumba a estudiar. Esa fue su primera lección en cuanto al cuidado de los animales. Felipe se recibió de Médico Veterinario y enmarcado en su consultorio, se puede ver un collar de cuero con una medalla colgando que dice: “Hércules”
FIN
Sergio A. Amaya Santamaría











